miércoles, 8 de junio de 2016

La solución a la contaminación del aire

La solución a la contaminación del aire
Autor David Gómez Salas
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El motor de combustión interna de hidrógeno fue inventado en 1807 por François Isaac de Rivaz. Además se puede con hidrógeno se puede producir energía eléctrica para alimentar un automóvil eléctrico.  Las grandes petroleras bloquearon al motor de hidrógeno para hacer negocios, vendiendo gasolina, diesel y gas.
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La combustión del hidrógeno NO contamina, porque produce solo vapor de agua. La combustión de la gasolina, diesel o gas SI  contamina, porque produce bióxido de carbono, monóxido de carbono y vapor de hidrocarburos crudos.
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La única solución real para no contaminar el aire, es no quemar gasolina, diesel, gas ni cualquier otro combustible cuya fórmula contenga carbón. Y existe el hidrógeno en forma abundante en todo el mundo. Se acabaría la contaminación y algunas guerras.
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Un litro de gasolina produce 2,640 gramos de bióxido de carbono (CO2) y en la ciudad de México se queman 50 millones de litros de gasolina, entonces se generan 132,000 millones de gramos de CO2 todos los días, que ocupan un volumen de 67,200 millones de litros a cero grados centígrados y una atmósfera de presión. Pero a  20 grados centígrados y 0.769 atmósferas, se tiene que se descargan a la atmósfera 93,000 millones de litros de  CO2
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¿Para qué mentir y distraerse con medidas como quitar los topes? Teóricamente esta medida disminuirá el consumo de gasolina, pero en una magnitud insignificante. No se apreciará.  No se confundan con los resultados de los estudios, lo que disminuye es infinitésimo, minúsculo, irrelevante.
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¿De verdad creen posible eliminar o disminuir las emisiones a la atmósfera de los vehículos, sin eliminar o disminuir el consumo de gasolina? La solución es no quemar gasolina, ni diesel, ni gas, ni otro combustible que contenga en su fórmula: Carbón.


Todos los combustibles con carbón contaminan

Todos los combustibles con carbón contaminan
Autor David Gómez Salas
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TODOS los combustibles que contienen carbón en su molécula, contaminan. La gasolina, diesel, gas, alcohol, todo el compuesto que contiene carbón al quemarse produce bióxido de carbono ¿Pues qué esperaban?
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No hay magia el carbón (C) contenido en el combustible  + Oxígeno (O2) del aire  = Bióxido de Carbono (CO2).   En forma resumida:  C   +  O2   = CO2
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La única solución de fondo es no quemar combustibles que en sus moléculas contengan carbón. Por eso el uso de hidrógeno como combustible es la solución ya que la combustión del hidrógeno (H2) produce agua (H2O).  En forma resumida: 2H2 + O2 = 2H2O.   ¿Para qué darle más vueltas?
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¿Para qué se engañan? La materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Solo en las reacciones nucleares se destruyen los átomos, en los demás casos sigue vigente la conservación de la materia,
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La Ley de la Conservación de la Materia, es una de las leyes fundamentales en todas las ciencias naturales. Postula que la cantidad de materia antes y después de una transformación es siempre la misma. Es decir: la materia no se crea ni se destruye, se transforma. También llamada La ley de conservación de la masa o Ley de Lomonósov-Lavoisier en honor a sus creadores.
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Una salvedad que hay que tener en cuenta es la existencia de las reacciones nucleares, en las que la masa sí se modifica. En estos casos en la suma de masas hay que tener en cuenta la equivalencia entre masa y energía.
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Por cada átomo de carbón se producirá una molécula de bióxido de carbono CO2 Por lo tanto la única manera de no producir gases con carbón es NO usar combustibles que contengan carbón.
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Para disminuir la contaminación del aire, hay que es disminuir el consumo de Gasolina, diesel, gas hidrocarburo, alcohol y todo combustible que contenga Carbón.

El uso de hidrógeno como combustible, es la solución. La combustión del hidrógeno (H) con el oxígeno (O2) del aire produce agua H2O.   En forma resumida:   2H2 + O2 = 2H2O

La idea

La idea © David Gómez Salas

Una vez, cuando trabajaba en el "Centre d'étude Pensée"; Egbert, Benedetto y yo estudiábamos los procesos que se llevan a cabo en el cerebro humano, con la finalidad de conocer los mecanismos funcionales mediante los cuales surgen las ideas. Hay ideas que surgen aparentemente en forma espontánea y otras que surgen de manera inducidas por el deseo o propósito de resolver algún problema, alcanzar alguna meta, o investigar sobre algún aspecto de la vida.

En el  hemisferio derecho del cerebro se llevan a cabo los procesos creativos, la imaginación, innovación y conceptualización; en el hemisferio izquierdo los procesos analíticos, es decir el pensamiento basado en lo que a cada persona le parece lógico.  Por lo tanto las ideas nacen mediante la interacción de neuronas del hemisferio derecho con neuronas del hemisferio izquierdo. La idea es el resultado o producto de la imaginación y está impulsada, examinada y retroalimentada por el análisis lógico.  Los alcances y validez de las ideas se enriquecen o limitan por los conocimientos. El núcleo de una idea aparenta emerger en un instante debido a que la  velocidad de los procesos cerebrales, interacción de las neuronas, se lleva a cabo en milésimas de segundo.

Era obvio que sabíamos que las ideas eran producto de los procesos que se llevan acabo en el cerebro, que las neuronas interactúan entre ellas y que tienen cientos de formas de comunicarse y compartir la información. Pero...

Una noche, cuando cada uno de nosotros se encontraba en su casa, ni siquiera vivíamos cerca; cada uno de nosotros tuvo una idea y elaboró unas notas con el propósito llevarlas al trabajo al día siguiente para comentarlas con los demás. Resultó que los tres llevamos la misma idea.

A los tres se nos ocurrió proponer el mismo experimento para avanzar en nuestras investigaciones ¿Cómo explicar lo que había sucedido? En tres cabezas, tres cerebros diferentes, había surgido la misma idea, en forma simultánea.

Por mucho que tres personas convivan, es imposible que coincidan en imaginación, capacidad de deductiva y conocimientos. La probabilidad es muy baja.

Las sorpresas siguieron en el mismo sentido y varias veces se repitió que al elaborar en casa una propuesta volvimos a coincidir y nos sorprendíamos al mostrar la propuesta que habíamos elaborado en forma personal y conocer las otras dos propuestas. No comentamos nada a la jefa del laboratorio pues los tres pensamos (volvimos a coincidir) que la jefa Claudia podría decidir correr a dos de los tres, y de esa manera ella obtendría las mismas ideas pagando a solo un investigador y se ahorraría el pago de dos salarios.

Decidimos que nuestra investigación sobre el origen de las ideas, también debía incluir el papel que desempeñan los mecanismos de interrelación entre las personas que trabajan mucho tiempo en equipo. De esa manera logramos hacer interesante un asunto que al principio lo vimos con preocupación.

Tomé la decisión de cambiar de trabajo sin hacerlo del conocimiento de los otros dos. Me puse en contacto con otros centros de investigación para buscar un nuevo trabajo.  Llené diversas solicitudes de trabajo y tuve varias entrevistas para encontrar acomodo en una nueva institución.

Un día recibí un correo electrónico con la noticia había sido aceptado en el  "Istituto di ricerca delle Idee". Tuve sentimientos encontrados; por una parte alegría por terminar con la incómoda situación de tener las mismas ideas que otros dos amigos y por otra parte sentí nostalgia por solo saber que dejaría de ver a dos de mis mejores amigos.  No comenté nada con Egbert y Benedetto, esperé un momento anímico adecuado para hacerlo, pero no podía esperar mucho, pues debía platicar con ellos para ponernos de acuerdo sobre la continuidad de los trabajos y las publicaciones en curso.

El ambiente de trabajo se diversificó porque se incorporó una investigadora de nombre Teresinha, con ella no sucedía lo de tener las mismas ideas a la hora de proponer proyectos. Su participación le daba variedad al equipo de trabajo. Este acontecimiento me hacía pensar que no había sido buena mi decisión de cambiar de trabajo, pero la suerte ya estaba echada.

Una tarde noche me reuní con mis dos amigos para informales que dejaría de trabajar en el "Centre d'étude Pensée" dentro de 30 días y que trabajaría en el "Istituto di ricerca delle Idee". Benedetto me dijo de inmediato ¡No puede ser tanta coincidencia, yo también iré a trabajar a ahí! De inmediato Benedetto y yo volteamos a ver a Egbert, que con una sonrisa confirmo nuestras sospechas ¡Los tres habíamos tenido la misma idea!

Sabíamos que no era necesario preguntarnos sobre las propuestas de trabajo de investigación que elaboramos cada quien, sabíamos que serían prácticamente idénticas, como resultaron ser.

Me intrigaba saber porque nos habían contratado en el "Istituto di ricerca delle Idee" a pesar de que los tres habíamos presentado prácticamente la misma propuesta de trabajo de investigación. Las personas encargadas de la contratación podrían pensar que de nosotros tres, uno era creativo y los otros habían plagiado la idea. Cuando hubo la oportunidad le preguntamos a Aldo nuestro nuevo jefe

¿Porque nos contrataron a pesar de que presentamos la misma propuesta?

Tomamos la decisión la subdirectora Dorine y yo — Contestó Aldo. Nos gustó la propuesta y no juzgamos que la idea fuera de uno solo y dos la hubieran plagiado; porque resulta que Dorine y yo, también tuvimos la misma idea...

sábado, 4 de junio de 2016

Mar de luz

Mar de luz © David Gómez Salas
Soconusco Anthology
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Recuerdo que en una ocasión, estando en cuarto año de primaria en el Colegio Miguel Hidalgo de Tapachula Chiapas, fuimos a pasear a la costa de Puerto Madero todos los alumnos del salón. Al caminar por la playa encontramos un tronco de un enorme árbol que el mar había arrojado a la orilla y atracado en la arena. Era un tronco viejo negro que se notaba había viajado por el océano pacífico largo tiempo antes de llegar a ese sitio. El tronco principal apoyado con sus ramas sobre la arena, había quedado inclinado formando una especie de tobogán.
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De inmediato empezamos a jugar a subirnos por el tronco inclinado hasta alcanzar el punto más alto y arrojarnos sobre las olas. Subíamos rápido para tirarnos un clavado sobre la cresta de las olas más grandes y viajar sobre ellas hasta la orilla.
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Una vez tardé en subir la rampa del tobogán (el tronco) y la ola me sorprendió a medio ascenso,  me derribó del árbol y me hizo girar muchas veces en el interior de la ola, de tal forma que perdí el sentido de la orientación; y en medio del agua y la espuma, no podía saber donde era arriba y donde era abajo. Finalmente llegué a la orilla y al caer sobre la arena, obviamente, se me aclaró donde era abajo y arriba.  
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Seguimos jugando más tiempo y más tarde me quedé observando las olas, se formaban las crestas y se propagaban las ondas hasta llegar a la arena de la playa. Varías veces pensé que podría en estudiar la carrera de físico y así tener los conocimientos suficientes para saber como se formaban las olas,  y la energía que contienen las olas de acuerdo a su tamaño. Estaba maravillado por la magnitud de la energía de las olas, había sentido la fuerza y energía de la ola que me había arrastrado.
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Pensaba en los millones de olas que se producen en las costas de México y que podrían ser utilizadas para generar energía eléctrica y quizás lograríamos ser un país iluminado por sus olas. Si un pequeño dínamo de bicicleta es capaz de hacer que un foco encienda, millones de enormes olas serán capaces de encender millones de lámparas, cavilaba. Podríamos iluminar las carreteras, las ciudades, los ranchos, aeropuertos, las rutas de ferrocarril, los puertos, etc.
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La energía eléctrica viajaría por una red de cables para distribuirla en toda la república. Instalaríamos millones de lámparas para irradiar la luz y propagarla por el aire como la propagaba el farol de la esquina junto a la casa. Quizás podríamos producir diferentes luces, unas más blancas y otras con bellos tonos azules para recordar que esa luz proviene del mar y además para darle a la noche un bello paisaje de colores.
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Al pensar en mi proyecto ficticio, me preocupaba en descubrir la forma de almacenar la luz que no se usaría de día, para poder usarla en la noche.  En aquella época no existían pilas recargables y no reparaba en las baterías de los autos.
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Imaginaba que podría construir cuartos con múltiples cables eléctricos de entrada y salida que no hacían contacto entre ellos. La energía eléctrica arribaba al cuarto por un cable súper grueso del cual salían miles de cables de menor grosor que tenían la punta cortada sin cubierta plástica. Frente a estos miles de cables que descargaban la energía eléctrica al cuarto, había un sistema (similar al de entrada) para que saliera la energía eléctrica, eran otros miles de cables que tenían la punta cortada sin cubierta plástica que se conectaban a otro cable súper grueso por el que se recolectaba toda la energía eléctrica que salía del cuarto de luz.  
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La luz que arribaba al cuarto descargaba a través de miles cables con la punta pelada y cuando el  cuarto se iba llenando de energía eléctrica lograba hacer contacto con los miles de cables del sistema de salida. De esa manera la energía eléctrica podía estar varias horas dentro de ese cuarto.
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En la noche el cable principal que alimentaba el cuarto del almacén de luz, era conectado directamente al cable de salida (se puenteaba) y la luz fluía directamente hacia los sistemas de iluminación sin pasar por el cuarto de almacenamiento de luz.  Tal como una vez lo vi una vez, en que el dueño de un taller puenteaba el medidor de luz; y otras veces vi como puenteaban los sitios en que iban los fusibles del Switch, conectando directamente la entrada y salida de Switch con un alambre delgado.
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Al no existir más entradas de energía eléctrica al cuarto de almacenamiento, la luz almacenada en el cuarto de luz, se iría fugando poco a poco por el sistema de salida. El funcionamiento del almacén de luz lo sentía obvio, con base en mi imaginación.
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De manera intuitiva imaginaba a la luz como un conjunto de micropartículas que fluían por los cables a velocidades increíblemente altas y que al salir radiantes por los focos viajaban por el aire a velocidades aún más altas.
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Escuchaba a algunos adultos platicar sobre la velocidad de la luz, cuando había relámpagos y truenos, durante las tormentas de Tapachula. Cuando caía un rayo, veíamos primero el relámpago y más tarde escuchábamos el trueno; era una demostración de que la luz viaja más rápido que el sonido.  Para mí, el rayo representaba a la corriente eléctrica viajando por el aire rumbo a la tierra, en forma similar a como viajaba por los cables; y ver el rayo de lejos, representaba el viaje de la luz desde el sitio que cayó el rayo, hasta el sitio en que me encontraba y lo percibía con mis ojos.
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Años más tarde supe sobre la corriente eléctrica y los fotones, explicaciones más formales y científicas. Pero de niño, encontraba explicaciones con la  ilusión de creer que podía entender lo que veía.
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Mi curiosidad enfrentaba un inmenso universo de dudas, que iría aclarando poco a poco con el estudio, conforme estuviera más en contacto con la ciencia, ese mar de luz. Por supuesto que el universo es infinitamente más grande que el mar, lo que uno aprende siempre será muy poco. Pero es lindo soñar y absorberse en las ideas, jugar con la imaginación.
   

lunes, 30 de mayo de 2016

PELEA CALLEJERA

PELEA CALLEJERA
©  David Gómez Salas
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En Barrio Nuevo, mi barrio en la ciudad de Tapachula Chiapas, una tarde-noche el Chilaco se iba a pelear con Juan. El Chilaco dos años mayor que Juan, con más estatura y musculatura, se veía invencible. Su aspecto sucio de vago, lo hacía ver con mucha experiencia en peleas callejeras.
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Alrededor de los contendientes estábamos, como espectadores, quince jóvenes y niños. Algunos adultos observaban al grupo desde las puertas de sus casas y otros desde la tienda de la contra esquina.
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Nacho, que era nuevo en el barrio, se acercó a ver la pelea que se pronosticaba sería desigual. Juan media cinco centímetros menos de estatura, además era más joven y delgado. Vestía ropa limpia, estaba bien peinado, se veía pulcro y educado. Tenía en la mano derecha, una vara de bambú de un metro de largo, color amarillo con manchas color café.
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Juan debía pelear con aquel energúmeno para no ser calificado, por los demás, de cobarde. Estaba en juego su honor.
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El Chilaco se quitó la camisa para iniciar la pelea, mostró sus fuertes músculos y se colocó en el centro del círculo de espectadores.
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El turno era de Juan, lo estaban esperando...
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Juan extendió el brazo derecho invitando a Nacho a que sostuviera su vara de bambú, para poder enfrentar a mano limpia al temible Chilaco. Eran las reglas de la calle.

Cuando Nacho tomó la vara de bambú, todos huimos del lugar: Incluso Juan y el feroz Chilaco.

Nacho, descontrolado, sintió que la vara estaba mojada y tardó dos segundos en darse cuenta que la vara de bambú estaba embarrada con excremento. Excepto el sitio donde Juan la había agarrado.

La piedra de HUIXTLA

LA PIEDRA DE HUIXTLA
©  David Gómez Salas
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¿Qué vamos hacer?, me preguntó Ixchel.
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No sé, contesté en el momento que hallamos tres cofres llenos con piezas de oro. Cada pieza era una maravilla y todas eran diferentes. Eran de oro puro proveniente de Perú.
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Era el oro que tres años antes el cacique Comagre.de Panamá, había entregado a trescientos aventureros españoles que mantenían aterrorizada aquella población. Les ofreció una fortuna a cambio de que abandonarán sus territorios y no se robarán ninguna mujer. Los aventureros aceptaron el trato y se fueron rumbo al norte.
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Aproximadamente un año después los aventureros españoles arribaron a nuestro territorio, hermoso sitio que Chaac (Dios del agua) ha profetizado se llamará Huixtla. Aquí establecieron su nueva residencia.
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Los aventureros españoles eran despiadados y fieros para el combate, por eso los indios huimos a los pantanos, les dejamos las mejores tierras, los ríos más limpios, lo mejor. Pero no se conformaron, vinieron también a la costa, querían todo.
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Después de dos largos años, por fin nos organizamos para hacerles frente, cuando ya teníamos preparadas las trampas en todo el pantano y aguardábamos sus ataques; estos, no sucedieron.
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Ya quedan pocos, nos dijeron nuestros exploradores a su regreso. Los que quedan vivos están débiles, amarillos y huesudos. Se están muriendo solos. Fuimos al campamento español y solo encontramos los muertos y el oro.
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Finalmente dije a Ixchel y los demás: Los dioses los trajeron, los dioses se los llevaron. Las enfermedades, las plantas malas, los moscos, arañas, serpientes, gatos salvajes y todos los seres vivos de la selva y pantanos, los derrotaron. La tierra hizo lo que no hicimos nosotros, así que daremos el oro a la tierra.
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Y cargamos el oro hasta el pantano y ahí lo enterramos.
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Después, en la parte alta del cerro grande hicimos una pila enorme de piedras en honor de los dioses, en donde quemamos los cuerpos de los malvados con el fuego divino. El calor fundió las piedras, formando una sola, de 120 metros de alto y 160 metros de diámetro en la parte baja.

domingo, 29 de mayo de 2016

Percepción

Percepción © David Gómez Salas

Eran casi las dos de la mañana cuando llevé en mi auto a mi amigo Juan Manuel, al edificio donde estaba su oficina. En cuanto entró al edificio, arranqué el auto  y tomé el celular para avisarle a mi esposa que ya iba a casa.
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Veinte Metros más adelante me detuve ante un semáforo en rojo. intempestivamente se abrió la puerta delantera del lado derecho y entró al auto un hombre armado.
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—¡Te vas morir hijo de la chingada, sino obedeces!—Gritó. ¡Me vas a llevar a donde te diga! Agregó, con otro grito.
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Con la mano izquierda me sujetó de los cabellos, sacudiéndome  la cabeza de un lado a otro; y con la otra mano, puso una pistola en mi sien derecha.
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Por instinto de conservación reaccioné moviendo la cabeza en la misma dirección y sentido de los jalones que me daba el agresor, para  aparentar estar más ebrio de lo que estaba. Pensé que así el asaltante me golpearía menos para someterme.
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El asaltante parecía sorprendido al ver que podía sacudirme la cabeza con mucha facilidad. Sentí que me observaba para descubrir si realmente venía muy ebrio o estaba fingiendo.
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Mantuve el silencio y  la mirada al frente, para que el asaltante tuviera la seguridad de que él tenía el control absoluto. Deseaba que se sintiera dominador y dejara de golpearme.  
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—Te llevaré a donde quieras, dime a donde quieres ir—Le dije.  Sin dirigirle  la mirada.
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El delincuente se acomodó en el asiento, se enderezó y levantó el pecho. Se veía más alto. Mantuvo la pistola apuntándome, pegada a mi cabeza.
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—Vete por toda la Avenida Xola—Ordenó. Y agregó: al llegar a la Calzada de Tlalpan, te vas a la derecha hasta llegar a la Estación del Metro General Anaya, por ahí te diré más.
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Contaba, más o menos,  con cinco kilómetros para salir del problema, siempre y cuando fuera cierto lo que había dicho.  Podía suceder que me quitara el auto antes de recorrer esa distancia, pero por la forma directa y concisa en que lo expresó, parecía haber dicho la verdad.
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Primero consideré estrellar el auto contra un poste o subirme a la banqueta y estrellarme contra una casa. Dudaba porque el maleante podría pegarme un tiro y huir, sin que alguien lo viera; puesto que a esa hora no había peatones y pasaban muy pocos autos. No habría testigos.
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Para estar seguro de tener testigos mejor era chocar contra otro automóvil. Si me disparaba quedarían testigos de mi muerte. Y con muchísima suerte, quizás hasta tendría la oportunidad de salir del auto, después del impacto, y correr.
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Deseaba complicarle la situación al asaltante, y pensé que la oportunidad se presentaría al llegar a la Calzada de Tlalpan, porque ahí circulan más carros que en la Avenida Xola.
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—Vas a ir despacio por el carril de la derecha—Me ordenó, el maldito.

Por ese carril de baja velocidad, no era posible alcanzar a otro automóvil. Tampoco podía girar el auto a la izquierda para chocar con otro que pasara a alta velocidad,  porque el impacto sería de mi lado. Debía chocar el auto por el costado derecho, de su lado. En último caso de frente.
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Seguimos por el carril de baja velocidad y no tuve la suerte de encontrar un automóvil que circulara más lento, para embestirlo.
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Al llegar a la esquina de Avenida Xola con Calzada de Tlalpan, sus insultos y golpes arreciaron. Creí que el tipo me iba a ordenar tomar una de las calles de esa zona, para quitarme el auto y darme un tiro. Es una zona casi sin alumbrado público, muy oscura.
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Me preocupé por no haberme arriesgado antes, quizás ya se estaba terminando mi tiempo.
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Afortunadamente el delincuente no me ordenó ir por esas calles negras. Tomamos la Calzada de Tlalpan; siguiendo la ruta que él había dicho. Aquí los golpes se hicieron menos frecuentes e ignoré siempre sus insultos.
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Pensaba infinidad de cosas, ya que además de cavilar sobre como librarme del asaltante, me lamentaba por haber tomado varios tragos y no estar en plenitud para reaccionar lo mejor posible. También lamentaba no haber puesto el seguro a la puerta, cuando mi amigo bajó del auto.
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Pensaba en mi esposa y en mis hijas. Recordaba que cuando regresaba muy noche a casa, le decía a mi mujer que sabía cuidarme para que no se preocupara.  Y ahora, si salía vivo, con que cara podría verla, sin recordar mi presunción. También le decía: “no te preocupes, la mala hierba nunca muere” y otras tonterías.
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Seguimos por la Calzada de Tlalpan hacia el sur, por el carril de baja velocidad. Dos o tres autos me rebasaron por la izquierda, pero por el carril de máxima velocidad. La Calzada de Tlalpan tiene cuatro carriles en cada dirección. Pasaban muy separado de mí y a gran velocidad, fácilmente me matarían al atravesarme en su camino.
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Después de un largo recorrido encontré una patrulla estacionada, justo una cuadra antes de llegar a la Estación del Metro General Anaya. Avancé para impactarla, era mi única oportunidad, aunque fuera la policía.
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El asaltante había mencionado que por ahí daríamos vuelta a la derecha y yo recordaba que esas calles están siempre desiertas después de las once de la noche.  A esa hora con más razón.
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Imaginaba que nos estacionaríamos en una calle oscura, en donde me obligaría a bajarme del auto, me pegaría un balazo y se llevaría el carro. Me figuraba que los vecinos encenderían las luces de sus casas, llamarían a la policía y bajaría hasta que estuvieran seguros de que ya no había peligro.
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Estaba obligado a jugarme la vida de inmediato. Decidí arrojarme contra la patrulla. Pero…
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—¡Si das claxonazo, te vas!—dijo, el maleante. Apretó la pistola contra mi cabeza y escuche un “click”, que interpreté había preparado la pistola para disparar.
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Decidí no chocar contra la patrulla, se podría disparar la pistola al momento de la colisión.  No sé porque pero frené con suavidad y detuve el auto justo al lado izquierdo de la patrulla, y sin hacer movimientos bruscos toque el claxon lo más breve posible.
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Él malhechor tenía que decidir si disparaba o no, frente a la policía.
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El tipo no disparó, bajó el arma y la escondió bajo su chamarra, dando la espalda a la patrulla se bajó del automóvil con agilidad y sin perder el estilo. Cerró la puerta sin golpearla y se paró frente a la ventanilla dando de nuevo la espalda a la patrulla.
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El delincuente obstruía con su cuerpo la ventanilla, así que me incliné lentamente sobre el volante para poder ver la patrulla. Había dos policías.
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El malhechor simuló ser un amigo al que yo le había dado un aventón a ese punto. Levantó la mano derecha para decirme adiós en forma breve, pasó por atrás de la patrulla, se subió a la banqueta y se fue caminado con tranquilidad. No supe más, me fui a casa.
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El delincuente no me quitó la cartera, ni el auto, ni me llevó a un cajero automático, ni me causo heridas graves. Salí con vida.
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Nada dije a los policías de la patrulla, ni siquiera intenté ver su rostro de nuevo, no confío en ellos. Desde estudiante me provocan mucho temor.
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Cuando le conté esta historia a un amigo Argentino, él me dijo: Yo no lo hubiese dejado irse caminando con tranquilidad, sobretodo ya libre del cañón de esa pistola y teniendo a mano toda esa patrulla policial.
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— Me da gusto que tu percepción sea diferente a la mía — le dije.  Porque aquí, los peores delincuentes usan uniforme…